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Retrato de la miseriaUna vez, de paseo con su novia en una playa del norte peruano, Pedro detuvo el coche frente del malecón, construido de cara al mar sobre un barranco de arena muerta donde se había acumulado la basura. El muelle de pino construido por alemanes hacía un siglo, continuaba siendo la herramienta de trabajo más importante del pequeño pueblo de pescadores. Unas ocho fábricas de harina de pescado echaban humo donde acababan las casas y una bandada de pardelas volaba a la distancia. El sol del mediodía lucía tímido. Tal vez era otoño.
De pronto, de entre la basura, aparecía un viejecillo que daba pasos a duras penas sobre los papeles y las botellas asoleadas y sin color. Pedro y su novia, que escuchaban el silbido de las olas y hasta podían sentir el olor del pescado que las aves capturaban dando impresionantes clavados en el mar, lo vieron. En realidad, no se sabe quien vio primero a quien. Si el viejo a ellos, o viceversa. El hombre era más triste que una lágrima. Era la personificación del sufrimiento, del olvido y de la miseria. El sólo verlo causaba pena. Tal vez era su rostro curtido por el sol o el desconsuelo que irradiaba su mirada. Tal vez era su traje de pordiosero adornado por un costal de yute lleno de nada. O, tal vez, ese caminar parsimonioso que iba quitándole con cada huella parte de la vida en extinción que resistía a esfumarse de una vez por todas. Alba y Pedro se miraron contrariados, llenos de abatimiento. No sabían si lo que veían era un alma que aún no comprendía que no tenía cuerpo, o un cuerpo que deambulaba perdido en busca de su alma. En medio de esa duda, el viejito fijó su mirada en ellos y pronunció una frase ininteligible que el viento se llevó en dirección a la humareda pestilente de las fábricas. -¿Cómo dice?, le preguntó Pedro desde el malecón, sin quitarle la mirada. -¿Puedo recoger estas botellas?, preguntó el viejo, pensando tal vez que Pedro y Alba eran los dueños de la casa de enfrente y que incluso su basura era propiedad privada. En realidad, para el viejo, esa basura era valiosa. Cada kilo de plástico equivalía a un pan. A más botellas reunidas, más panes podría canjear. -¡Pero claro! Llévese lo que usted quiera. ¡Todo es suyo!, respondió Pedro. Sin embargo, el viejo seguía masticando palabras que luego expresaron un pedido bastante claro: Dinero. Pedro y Alba se vieron y esa mirada fue un sí, claro. Entonces, Pedro sacó unas monedas y las lanzó con cuidado y precisión a las manos del viejo. Allí va una, tenga otra. El viejo cogía cada moneda y la acercaba a su corazón, como dándole gracias a Dios. El viejito hizo una reverencia y miró a su costado, donde había una piedra que de inmediato se convirtió en su asiento. Allí, bajo el triste sol de julio y las amargas nubosidades, el hombre se encogió en su piedra y se llevó las manos a la cara. Empezó a llorar. Desde lo alto, Pedro y Alba, al ser testigos de esa escena, sintieron que sus corazones se partían como jarrones arrojados al suelo por un niño travieso. Se vieron conmovidos, lo volvieron a ver y él continuaba llorando. Y no solo era lástima por el dolor del viejo. Era una mezcla de indignación con furia por lo que el ser humano hace consigo mismo. Aquel hombre representaba a todos los hombres que lloran, a los marginados, a los niños que mueren de hambre, a las mujeres infibuladas en Ãfrica que mueren de septicemia, a los campesinos de los Andes que son carcomidos por la uta. Pedro intentaba consolar a Alba y secaba sus lágrimas. Se anudó la garganta y fingió una sonrisa para apagar el dolor de su amada. Luego, recordó que tenía más monedas en la cajuela del automóvil y no dudó en llamar de nuevo al viejo y lanzárselas. El viejo hizo una nueva reverencia y enrumbó hacia la playa. Luego de llorar abrazados en el malecón, ambos vieron a la distancia cómo el viejo se iba convirtiendo en un alma que caminaba sobre la arena mojada, entre sus lágrimas, las aves que buscaban alimento y algunas bolsas de plástico que volaban hacia el mar...

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Última actualización el Jueves 03 de Diciembre de 2009 23:12 |
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