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Por Alfonso Peláez Bazán
I EL CANTANA... Cuando llegamos a la orilla de aquel río –tras duro caminar por áspera senda- dímonos de pronto con la sorpresa de no encontrar el puente por donde debíamos pasar. Inmensa y angustiada, idéntica voz se escapó de cada pecho: -¡Oh…! -¡Oh…! Diríamos que atontados, largo rato nos quedamos mirando las turbulentas aguas. Vimos pasar, veloces y ridículos, árboles enteros. Fue torrencial la lluvia de la noche y el río cargó de tal manera que ni los mejores puentes de su trayecto pudieron resistir la tremenda fueraza de su corriente.
-¿Y ahora qué vamos a hacer, Indalecio?... Este, como si hubiera tenido que pensarlo primero, se alejó de mí unos pasos. Ah, Indalecio era el guía, sencillamente. Unos cuarenta años más o menos. Mediana estatura. Ojos claros y despiertos. Vamos, un hombre bien hecho y simpático además. Y me respondió al fin: -Si, señor… De todas maneras, tendremos que “faldear” hasta alcanzar la pampa de "Los Jigantones"… Luego alzó la vista hacia las cumbres cercanas. Yo no hice sino repetir, en un tono que yo mismo encontré extraño: -La pampa de Los Jigantones… Indalecio volvió la vista hacia mí y siguió diciendo: -…Después de la pampa, una bajada, corta pero escabrosa… Al final, la finca de don Silverio… Sí, señor, la finca de don Silverio… Todo lo dijo en cierto tono que acabó por intranquilizarme de veras. -¿Quién es don Silverio?... -Bueno, un hombre un poco raro… Figúrese que en muchísimos años no ha salido una sola vez para otro sitio… Nadie llega tampoco a su finca, y menos, desde luego, por este lado… por donde, precisamente, vamos a llegar nosotros… Pero, cómo evitarlo si aquél es el único sitio por donde se puede pasar el río… Me puse a pensar en la rara aventura que teníamos por delante. Primero, la falta inexplorada, luego la pampa de “Los Jigantones”, enseguida una bajada pedregosa y empinada… Finalmente la finca de don Silverio… -Quien dispone y ordena eres tú, Indalecio, iremos por ahí… Indalecio arrojó el “bolo”, se lavó con el agua del río, se quitó del hombro la rayada alforjita de algodón y se acercó a mí. -Apéese, señor –ordenó-. Lo primero que hay que hacer es asegurar las cosas. Al cabo de unos minutos más, estábamos ya “faldeando”. Indalecio iba adelante. Yo le seguía jalando mi mula parda. Con su largo y afilado machete, Indalecio cortaba gruesas ramas y a veces árboles enteros para hacer posible el paso de la bestia. Muchas veces teníamos que hacer rodad enormes piedras, que iban hasta la base del cerro, justamente a la orilla misma del Cantana. Entre aturdidos y entusiastas, nos quedábamos escuchando el estruendo que al rodar hacían las piedras. A instantes me asaltaba la idea de don Silverio. Después de muchas horas de caminar en tan deplorables condiciones, con las ropas destrozadas y las manos llenas de lastimaduras, llegamos por fin a distinguir la pampa de “Los Jigantones”. Y el trecho de la falda que nos hacía falta caminar parecía ya no ser ni muy áspero ni muy cerrado de monte.
El río Marañón, escenario de tragedias como la de Eulalia.
II En el atardecer, qué raras fulguraciones hace el sol en la pampa de “los Jigantones”. Tan raras que los esbeltos jigantones semejan o sugieren centinelas mitológicos… centinelas de las horas, de los tiempos… Y las enormes piedras –blancas, unas, y grisáceas, otras- dan una cabal sensación de misterio y eternidad. -Después de esa pampa, ya lo sabe usted, una pequeña bajada y luego la finca de don Silverio… Sí, de don Silverio… Yo…. Ah… Indalecio no agregó una sílaba más. Yo me puse a pensar en la sorpresa de don Silverio al vernos llegar por ese lado, y de noche… A corto trecho de la pampa nos detuvimos junto a un pequeño huarango para asegurar de nuevo las cosas sobre la montura. Al tiempo de reiniciar la marcha, sorpresivamente, Indalecio me hizo esta pregunta: -¿Sabía usted que en esta pampa se dan las más terribles espinas de maram? Mi respuesta, forzosamente, tuvo que ser otra pregunta: -¿Y cómo son las espinas de maram? Indalecio me miró sorprendido. -¿No sabía usted, entonces, nada de las espinas de maram? -Absolutamente nada – le contesté ya bastante sorprendido. Indalecio tomó un aire esotérico. -Son terribles las espinas de maram… Y más todavía las de esta pampa… De éstas, bastan dos hincones para volverlo a uno definitivamente loco… Al empezar la pampa nuestras miradas se pierden por sus confines. Indalecio dio las últimas chufranadas. -Mucho cuidado, señor… Mucho cuidado con las espinas de maram… -… Y son traidoras, señor… de repente siente usted el piquete y lanza un grito espantoso… Inmediatamente la desprende usted y lanza otro grito igual… Y ahí no termina el percance, señor… Bien profunda en su carne ha quedado la punta de la espina… una punta que es como un arponcillo o garfio… Al otro día tiene usted hinchada la parte herida… Y al otro día ya la tiene usted con mal olor… Oh, las espinas de maram… Mis ojos se extendieron por toda la pampa llevando mi angustia. -… Por eso, no hay que perder tiempo para hacer sacar el arponcillo… Claro que el peligro de ser hincado es mayor para los que sólo llevamos llanques… Pero, naturalmente, a cualquiera se le puede prender una espina de maram, en el brazo, en la pierna o en la espalda… Sí, señor, nadie está libre… Los matices de la pampa de “Los Jigantones” se fueron haciendo débiles y confusos. Y los jigantones parecían hacerse más irreales. -Caminemos, pues, con mucho cuidado… Mucha vista, señor… No contesté nada. “Es traidora… Un grito terrible… Luego otro al desprenderla… Y en la carne queda el arponcillo… Una hinchazón… Al otro día hedor… Ah. Espina de maram… Y dos hincones bastan para hacer perder el juicio…” Caminábamos sobre la maleza. No había senda ni huella alguna. -Con todo el cuidado, señor… Mucho ojo, mucho ojo… De pronto, de entre el matorral, bulliciosamente, se levantó una perdiz. La mula se detuvo alarmada y resopló con todas sus fuerzas. En medio de la pampa, una chicharra seguía lanzando su canto monorrítmico. Las sombras de la noche empezaron a caer y todo se tornó tétrico. Los jigantones semejaban oscuros fantasmas. Un grito desesperado, que llenó todo el ámbito, me estremeció hasta la última fibra. La mula dio casi una estampida. -¡Ayyy…! Solté el cabrestillo y me acerqué a Indalecio, quien con una mano sostenía la pierna herida y con la otra desprendía la espina de maram… -¡Ayyy…! La hincada fue en la pantorrilla misma. Brotaban apenas unas gotas de sangre. -Ya va pasando, señor… Debe haber quedado, sí, bien adentro el arponcillo… Caminemos, caminemos, señor… -Sí, te la sacarán en la casa de don Silverio… Avancemos, avancemos… Nuestra marcha se había tomado una solemnidad trágica. Y yo esperaba de un momento a otro el ataque de la espina de maram. -Tenga cuidado, señor… Mucho cuidado, señor… Espantadas corrían las liebres al sentir nuestros pasos temerosos. Y todos los pájaros huían de los árboles al sentir los fuertes resoplidos de la mula. Y el concierto de los grillos llenaba la pampa trágica. -Le aseguro, señor, que la peor serpiente no haría doler así… Pero, avancemos, señor… La noche se fue poniendo más oscura, se diría que todos los fantasmas de la pampa se iban agrupando junto a nosotros… “Dos hincadas bastarían para volverlo loco a uno” ¿Y por qué no?... Deben ser tan intensos los dolores que no habría nada de extraño y raro que algo se falseara dentro del cerebro… Y un loco en esta pampa desolada y cruel… -Dios va acortando la distancia, señor… Avancemos… Noté, en efecto, y esto a pesar de la oscuridad, que iba cambiando la morfología del terreno y la vegetación misma. Casi había desaparecido ya la horrible maleza de la pampa de “Los Jigantones”. -Bendito sea Dios… Ya estamos cerca… La bajada y nada más… Pero… yo… Dios mío… Cómo… Avancemos… avancemos, señor. Las palabras de Indalecio me causaron un malestar atroz. ¿A qué esas frases reticentes?... ¿Qué significaba esa manifiesta angustia de Indalecio? -… ¿Pero, dónde más me la podrían sacar?... Allí tenemos que ir de toda suerte… A media bajada más o menos, Indalecio se detuvo y púsose a revolver dentro de su alforjita. -… Ah… Ya se lo debo decir, señor… Yo no podría llegar a la casa de don Silverio… Llegar, así no más… -¿Y qué misterio es éste, Indalecio?... Este ya tenía en las manos el pañuelo que buscaba en la alforjita. -… Todo se lo contaré después… Mañana… Por hoy sólo interesa que en la casa de don Silverio nadie escuche mi nombre… Usted me llamará, por ejemplo, Juan… Y usted dirá por mí cuanto sea necesario… Indalecio tenía ya amarrada la cabeza con el pañuelo hasta más debajo de los ojos… Y yo no tuve más que convenir con Indalecio, dadas las circunstancias excepcionales y apremiantes.
continua...
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Última actualización el Lunes 12 de Julio de 2010 22:17 |
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