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III De los guarangos próximos a la choza, alborotadas, saltaron las gallinas y se metieron presurosas por debajo de los cercos. Y los dos perros de la casa se pusieron a aullar inquietamente. Como rojas lenguas, se levantaron voraces llamas de la gran fogata que don Silverio preparó entre la choza y los guarangos. “Necesitamos bastante luminaria”, había dicho don Silverio. Junto a la fogata, sobre un negro cuero de oso, acomodamos a Indalecio. Este se quejaba apenas y todo parecía marchar perfectamente.
De pronto apareció son Silverio por la puerta de su choza, portando en la mano un depósito que contenía un líquido amarillento, y en la otra, una especie de alesna. Se acercó con paso firme, grave. -Ya. Señor… Por si acaso, usted lo sostiene bien fuerte en los brazos… -Perfectamente, don Silverio –le contesté, tratando de aparecer un tanto familiar, pero sin poder evadirme del intenso dramatismo de la escena. Don Silverio cogió con firmeza la pierna afectada de Indalecio y, suavemente, comenzó a abrir con la fina alesna la carne enferma. Los quejidos del pobre Indalecio se fueron haciendo más fuertes a medida que iba penetrando la alesna de don Silverio. De repente se oyeron desgarradores gritos, que repercutieron en los cerros: -¡Ayyy!... ¡Ayyy!... Acomodados sobre sus patas traseras, los dos perros contemplaban la escena. También a ratos se les ocurría poner sus notas en esta sinfonía lúgubre. -Guaúúú´… -Guaúúú… Don Silverio no se daba sosiego. -Debe haber quedado muy adentro… No la encuentro… Pero la hallaré al fin… De rato en rato don Silverio limpiaba la herida para ver mejor en ella. -… Cuando el maram crece entre jigantones, sus espinas son terribles… son más dolorosas y venenosas que las víboras… Sí, señor, no todos los maram son iguales… Y por último, dicen que hay el “macho” y la “hembra”… Vaya usted a saber, señor… Cosas tiene esta tierra del Señor… -¡Ayyy!... ¡Ayyy!... Y el fino instrumento de don Silverio no se detenía… -Guauúú… -Guaúúú… Más parecían alaridos los ayes de Indalecio. Y yo le ajustaba cada vez más fuerte los brazos. -¿Pero dónde se ha metido la maldita espina?... De repente voy a romper algo… Por mi mente atravesó una idea extraña. -Guaúúú… -Guaúúú… A Indalecio se le fueron agotando las fuerzas. Inclusive, sus gritos eran débiles, desfallecientes… Había empezado a brotar abundante sangre de la herida. Don Silverio cogió entonces un tizón al rojo y lo pegó con energía a la misma herida… “CHASS…”. Le salieron fuerzas a Indalecio no sé de dónde y gritó más fuerte que nunca. -¡Ayyy!... ¡Ayyy!... Luego don Silverio vació sobre la misma herida el líquido amarillento -Guaúúú… -Guaúúú… En ese instante, como un fantasma raro, apareció junto a nosotros una extraña mujer… Alta, delgada, casi esquelética. Los cabellos desgreñados y la ropa mugrienta en jirones… -No se asuste, señor… Es mi hija Eulalia… Hace muchos años que perdió el juicio… -Guaúúú… -Guaúúú… Indalecio estaba bañado en sudor y noté que ya no tenía fuerzas. Todo su cuerpo se fue poniendo inerte. La loca, luego de mirar unos instantes hacia el conjunto dantesco, con sus ojos agrandados y vidriosos, calmadamente tomó por el lado del río. Don Silverio siguió buscando en la carne chamuscada. Volvió a brotar un poco más de sangre. Y otra vez la chamuscada y luego el líquido amarillento… Indalecio se quedó al fin desmayado. -Se va acabando, señor, la luminaria… Ya casi no se ve… Llevemos a este hombre… -Guaúúú… -Guaúúú… Suspendido sobre el cuero de oso, llevamos a Indalecio hasta la habitación de don Silverio. Al acomodarlo en un rincón, yo sentí que ya no era un ser con vida. Al cabo de unos minutos, abandoné la habitación a causa del calor sofocante. Afuera, alumbraban débilmente los últimos resplandores de la fogata. Los perros tenían apoyadas las testas sobre el duro suelo. De pronto se oyó un canto triste. Los últimos versos acabaron por llenarme de turbación. ……………………… Amor… Amor… Ay, qué hondo heriste Mi amante pecho… Amor… Amor… Ay, fuiste espina De cruel maram… ……………………. Don Silverio estaba junto a mí, y venciendo la aflicción que me abrumaba, le pregunté: -¿Y cómo se alocó su hija, don Silverio? Me miró con unos ojos extraños y me contestó con preguntas: -¿No le dice nada, señor, su canto triste?... ¿No le oye?... Está tan claro, señor… ……………………… Amor… Amor… Ay, qué hondo heriste Mi amante pecho… Amor… Amor… Ay, fuiste espina De cruel maram… ……………………. -Pues sí, señor… A ella se le clavó la espina de maram en el mismo corazón… Y en el corazón, se muere o se enloquece… Espina de maram… El cielo estaba cubierto de negros nubarrones. En la fogata chisporroteaban las últimas leñas de guarango. -En cada luna, señor, sale a cantar… por las huertas… por la orilla del río… por los cerros… ¿Piensa usted en cómo es mi vida?... La voz se iba perdiendo por las vegas del río. Desde su precario refugio, con su canto estentóreo, un gallo rasgó el tétrico silencio de la noche. -…Algunas horas de sueño, señor, le caerán bien… La jornada de mañana será dura… “La jornada de mañana”… ¿Y el enfermo?... Resultaba todo muy extraño. Nada pregunté, sin embargo, y decidí retirarme. En verdad me sentía agotado. A despecho de todo, deseaba oír otra vez el canto de Eulalia.
IV Al otro día, cuando abrí los ojos, vi a don Silverio acercarse silenciosamente hacia Indalecio… Y vi levantarle suavemente el pañuelo que le cubría el rostro… Contuve el aliento y traté de no hacer el menor ruido… -Ah… -dijo en voz muy baja-. No me había equivocado… Era él… Era Indalecio Mestanza… Me quedé sin aliento. Don Silverio creyéndome aún dormido, se salió de la habitación tan silenciosamente como había entrado. Apenas recobré el ánimo, di un salto hasta el rincón donde estaba Indalecio. ¡Horror! Lo que tenía delante ni siquiera parecía el cadáver de un ser humano… Era una masa informe y repugnante… Abandoné precipitadamente la habitación. Junto a la puerta encontré a don Silverio en actitud tranquila. En su rostro se advertían las huellas inequívocas de un largo desvelo. Y antes que yole hablara, se apresuró a decirme: -Todo está listo, señor… Yo lo dejaré a usted en buen sitio… -¿Pero, qué significa todo esto, don Silverio?... Es espantoso, señor… Y usted… -verá usted –me interrumpió, tomando cierta gravedad- que todo es obra de Dios… Y usted no tendrá ya fundamento para condenarme. Y se quedó mirándome larga y profundamente a los ojos. -…Sí, señor, por mi mano se ha cumplido la voluntad de Dios… Mis manos mataron a Indalecio Mestanza… Mi espanto, mi horro, no tuvieron límites. Y no atiné a decir nada. -…Y creo que estoy satisfecho, señor… Usted ha visto a mi hija, señor… -¡Ah!... ¡Su hija!... Eulalia… Si…. Por debajo de los cercos, y un poco asustadas todavía, fueron apareciendo las gallinas que huyeron en la noche. -…Espina de maram, señor… Usted ha oído su canto… Se detuvo para mirarme otra vez. -… Pero yo lo esperaba, señor… A mí también me dejó en el alma otra espina de maram: el odio… El odio también queda como el arponcillo de la espina de maram… Si a tiempo no es sacado, pudre también el corazón… Las palabras del viejo iban abriendo tremendos abismos en mi alma. -Ya ve usted cómo han estado tan bien arregladas las cosas… ¿El destino?... ¿Nosotros?... Quién sabe… Tal vez el único responsable sólo sea Dios… En mi deseo de volver cuanto antes a las cosas reales, claras, pregunté: -…¿En qué momento reconoció usted a Indalecio?... ¿Cómo lo pudo reconocer?... -…Lo reconocí en el primer instante… Su aire, no sé qué… como si los quince años que han transcurrido desde que se marchó de aquí, sólo habrían sido días… Además ¿no cree usted que con los años se agudizan en el hombre algunas facultades, o nacen otras?... Siempre tratando de evadir las cosas tremendas de este viejo raro, dije: -Podemos pensar ahora, don Silverio, en la sepultura… Al instante respondió: -Ah… Pues, ni eso ya le debe preocupar a usted… -¿Cómo ¿… No entiendo… Los perros se vinieron hasta nosotros, y moviendo humildemente la cola, se arrimaron a don Silverio. -…Es sencillo. En lo que restaba de la noche, mientras el cuerpo se enfriaba y empezaba a pudrirse en ese rincón, yo le cavé un hueco… Sí… -Y volviéndose para el lado del sol-: Mire, allá… detrás de aquel cerrito, a la vera del camino… de un caminito angosto que nadie trafica… -Y luego, volviéndose hacia mí-: No hace falta velorio… Aquí se descompone muy pronto la carne… y si es picada de espina de maram, peor… -Y finalmente, dirigiéndose hacia el cadáver: -Mientras yo lo llevo, usted puede ir arreglando su acémila… Le tengo ya ofrecido dejarlo en buen sitio… Los perros lo siguieron, aullando lúgubremente. Luego vi a don Silverio perderse por entre los zapotes y los guarangos, con su carga fatídica a la espalda.
V Por un vado muy ancho cruzamos el río. Atravesamos un bosque de guarangos, Ascendimos una pequeña cuesta. Descendimos por el otro lado del cerro. Vencimos la maraña de un carrizal. De nuevo otra cuesta más larga. Llegamos hasta la garganta del cerro. Fue en aquel punto que se detuvo don Silverio. Respiró muy hondo y al fin habló: -He cumplido, señor mío… Ya de aquí no se pierde usted… Siga nomás por esta falda hasta encontrar una quebrada seca… La atraviesa, y sin subir, ni bajar, sigue usted hasta la misma fila… Desde allí podrá distinguir el valle de “Los Naranjos”… Y vaya usted, pues, con Dios, señor mío… No me quedaba ninguna alternativa. Estreché la huesuda mano del viejo, diciéndole adiós, y tomé presurosamente por la falda gris.
FIN
Acerca del autor: El escritor Alfonso Peláes Bazán nació en Celendín (Cajamarca) en 1904 y acaeció en 1996. Algunas de sus obras son: - “Tierra Mía”, “Cuando recién se hace santo”, “Naticha”, “Reportaje en tres dimensiones”, “Espina de Maram” .
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Última actualización el Lunes 12 de Julio de 2010 22:15 |
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