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Pese al lluvioso invierno andino y, gracias a la invitación de mi amigo Julio Corcuera miembro de la familia propietaria de este rico patrimonio de la naturaleza, me aventuré a visitarlo. Llegue al anochecer, por lo que la penumbra y la persistente lluvia me impidió apreciar el paisaje. Bajo el cobijo de una casa abandonada y luego de cenar, pude participar, con unos atentos lugareños, en una “rocha” que es como se le conoce por esos lugares a las amenas reuniones saboreando la coca; es decir, “echándole el bolo”. Escuche, hasta altas horas de la madrugada, interesantes leyendas y cuentos lugareños. Gocé mucho con las exageradas historias del tío Lino y las del antiguo bandolero Juan Chico cuya alma, se dice, aún ronda por estos parajes. La mañana me depararía una muy agradable sorpresa. Frente a mí estaba el bosque de Cachil teniendo como guardianes a los cerros Condorcucho, Cunanten, Loma limpia, Luden y Palo blanco. Hasta que se me llegó el momento de recorrer uno de los pocos bosques relictos del país. Según los estudiosos, los bosques relictos son “aquellos que quedan como vestigio de algún tipo de flora que alguna vez hubo en la zona y que en el presente sólo está dicha muestra de vegetación”. En Cachil se han hallado seis especies de nuevas plantas. Entre su espesura aún se pueden encontrar especies endémicas, no solo de flora, sino también de fauna. Pero, siendo este un bosque, lo que más llama la atención es su tupida vegetación primaria, entre la que destaca el olivo silvestre (poducarpous oleifolius), el cedro y roble silvestre y una especie de bambú conocida como zuro por los lugareños.
Llama mucho la atención la gran cantidad de especies de plantas epífitas, en especial bromelias, orquídeas y helechos, que viven sobre los troncos y las copas de los árboles en busca de luz y humedad, de tal manera que hay que caminar no sólo viendo hacia el frente y los costados sino hacia arriba. Allí hay otro espectáculo, que se complementa con el ingreso de los rayos solares a través de las ramas. En el sotobosque los troncos están impregnados de musgo y algunos de unas plantas de hojas menudas que les dan la apariencia de ser troncos barbados, verdaderamente increíble.
 Tuve la oportunidad de probar una fruta llamada “lúcuma de oso” que, según me aseguraron, es única en el mundo. Tiene la forma de una ciruela de color amarillo, la pulpa es blanca y la pepa negra. Este privilegio ha de engrosar otro de mis records personales. Me contaban que un animal bastante extraño habita en el bosque, la marimonda, una especie de primate de costumbres nocturnas y que se alimenta de la lúcuma de oso.
Siguiendo un estrecho sendero llegamos hasta las nacientes del rio Cachil, que a su vez se convertirá en el río Cascas que riega el productivo valle bajo de la provincia Gran Chimú, donde se cultivan las prodigiosas uvas, frutales y pan llevar. Este bosque es un colchón de agua, de allí su gran importancia y necesaria preservación. Notamos que los antiguos peruanos lo protegieron pues entre la espesura se pueden apreciar restos arqueológicos, en especial de andenería agrícola y muros de contención. Impresionado por el recorrido, concordaba con mi amigo Julio de la necesidad de darle al bosque un uso ecoturístico sostenible y con gran función social en bien de las comunidades aledañas que son las más llamadas a proteger esta joya de la naturaleza. Cuando Cachil se convierta en una Área de Conservación Privada y con un Plan de Manejo turístico racional pueda abrir sus puertas a los visitantes, muchos se privilegiarán de apreciar las maravillas que yo pude disfrutar en mi viaje. De vuelta a nuestra realidad urbana quedó atrás una porción de la selva amazónica que se quedo de este lado de la cordillera cuando los Andes crecieron. Quedó la muestra del esfuerzo de la familia Corcuera García por mantener un pedazo del pasado natural y así honrar la memoria del ilustre escritor don Marco Antonio, el tronco de la familia. Quedó atrás el reto por conservar y usar racionalmente este interesante pedazo de suelo peruano y en mi retina quedará la imagen de un lugar que “hay que visitar antes de morir”.  También, en mis pupilas gustativas quedó el sabor del pato guisado acompañado con arroz a la leña y alverjas verdes, preparado por la esposa de don Wilmar Sánchez nuestro guía, que disfruté la noche de aguacero que llegue a Cachil; y, del desayuno-almuerzo de sopa de chochocoa, choclos con ají soltero, café de cebada y cachangas que nos sirvió la mamá de Quique Placencia, nuestro anfitrión, al pie de su chacra. Mi visita no hubiera estado completa sin terminarla con una caminata de más de dos horas por un camino de herradura desde Chapolán hasta El Molino, disfrutando de la naturaleza y la lluvia. Fue más que emocionante caminar por el mismo sendero que en 1802 utilizó el sabio alemán Alexander Von Humbolt para bajar de Cajamarca a Trujillo. Una vez más estuvo en presente en mí el pensamiento, “La vida no se mide por las veces que respiramos, sino por visitar los lugares que nos quitan la respiración”. Cachil es uno de ellos. El presente artículo no estaría completo si no consigno el hecho que, siendo Cachil una propiedad privada, sus visitas son muy restringidas; salvo que se coordine con la empresa operadora del bosque o los propietarios para facilitar el acceso. Considero que gracias a esta situación Esta maravilla de la naturaleza se ha podido conservar y recomiendo que se mantenga esta sana restricción.

En mi largo recorrer por los parajes del Perú he conocido muchos bosques de neblina, en especial los del norte. Pero, por increíble que parezca, el destino no me había permitido llegar aún al que me parece el más impresionante de todos, el bosque de Cachil, ubicado a 131 kms. de Trujillo, cerca de Cascas en la provincia de Gran Chimú.
Pese al lluvioso invierno andino y, gracias a la invitación de mi amigo Julio Corcuera miembro de la familia propietaria de este rico patrimonio de la naturaleza, me aventuré a visitarlo. Llegue al anochecer, por lo que la penumbra y la persistente lluvia me impidió apreciar el paisaje. Bajo el cobijo de una casa abandonada y luego de cenar, pude participar, con unos atentos lugareños, en una “rocha” que es como se le conoce por esos lugares a las amenas reuniones saboreando la coca; es decir, “echándole el bolo”. Escuche, hasta altas horas de la madrugada, interesantes leyendas y cuentos lugareños. Gocé mucho con las exageradas historias del tío Lino y las del antiguo bandolero Juan Chico cuya alma, se dice, aún ronda por estos parajes. La mañana me depararía una muy agradable sorpresa. Frente a mí estaba el bosque de Cachil teniendo como guardianes a los cerros Condorcucho, Cunanten, Loma limpia, Luden y Palo blanco. Hasta que se me llegó el momento de recorrer uno de los pocos bosques relictos del país. Según los estudiosos, los bosques relictos son “aquellos que quedan como vestigio de algún tipo de flora que alguna vez hubo en la zona y que en el presente sólo está dicha muestra de vegetación”. En Cachil se han hallado seis especies de nuevas plantas. Entre su espesura aún se pueden encontrar especies endémicas, no solo de flora, sino también de fauna. Pero, siendo este un bosque, lo que más llama la atención es su tupida vegetación primaria, entre la que destaca el olivo silvestre (poducarpous oleifolius), el cedro y roble silvestre y una especie de bambú conocida como zuro por los lugareños.
Llama mucho la atención la gran cantidad de especies de plantas epífitas, en especial bromelias, orquídeas y helechos, que viven sobre los troncos y las copas de los árboles en busca de luz y humedad, de tal manera que hay que caminar no sólo viendo hacia el frente y los costados sino hacia arriba. Allí hay otro espectáculo, que se complementa con el ingreso de los rayos solares a través de las ramas. En el sotobosque los troncos están impregnados de musgo y algunos de unas plantas de hojas menudas que les dan la apariencia de ser troncos barbados, verdaderamente increíble.
 Tuve la oportunidad de probar una fruta llamada “lúcuma de oso” que, según me aseguraron, es única en el mundo. Tiene la forma de una ciruela de color amarillo, la pulpa es blanca y la pepa negra. Este privilegio ha de engrosar otro de mis records personales. Me contaban que un animal bastante extraño habita en el bosque, la marimonda, una especie de primate de costumbres nocturnas y que se alimenta de la lúcuma de oso.
Siguiendo un estrecho sendero llegamos hasta las nacientes del rio Cachil, que a su vez se convertirá en el río Cascas que riega el productivo valle bajo de la provincia Gran Chimú, donde se cultivan las prodigiosas uvas, frutales y pan llevar. Este bosque es un colchón de agua, de allí su gran importancia y necesaria preservación. Notamos que los antiguos peruanos lo protegieron pues entre la espesura se pueden apreciar restos arqueológicos, en especial de andenería agrícola y muros de contención. Impresionado por el recorrido, concordaba con mi amigo Julio de la necesidad de darle al bosque un uso ecoturístico sostenible y con gran función social en bien de las comunidades aledañas que son las más llamadas a proteger esta joya de la naturaleza. Cuando Cachil se convierta en una Área de Conservación Privada y con un Plan de Manejo turístico racional pueda abrir sus puertas a los visitantes, muchos se privilegiarán de apreciar las maravillas que yo pude disfrutar en mi viaje. De vuelta a nuestra realidad urbana quedó atrás una porción de la selva amazónica que se quedo de este lado de la cordillera cuando los Andes crecieron. Quedó la muestra del esfuerzo de la familia Corcuera García por mantener un pedazo del pasado natural y así honrar la memoria del ilustre escritor don Marco Antonio, el tronco de la familia. Quedó atrás el reto por conservar y usar racionalmente este interesante pedazo de suelo peruano y en mi retina quedará la imagen de un lugar que “hay que visitar antes de morir”.  También, en mis pupilas gustativas quedó el sabor del pato guisado acompañado con arroz a la leña y alverjas verdes, preparado por la esposa de don Wilmar Sánchez nuestro guía, que disfruté la noche de aguacero que llegue a Cachil; y, del desayuno-almuerzo de sopa de chochocoa, choclos con ají soltero, café de cebada y cachangas que nos sirvió la mamá de Quique Placencia, nuestro anfitrión, al pie de su chacra. Mi visita no hubiera estado completa sin terminarla con una caminata de más de dos horas por un camino de herradura desde Chapolán hasta El Molino, disfrutando de la naturaleza y la lluvia. Fue más que emocionante caminar por el mismo sendero que en 1802 utilizó el sabio alemán Alexander Von Humbolt para bajar de Cajamarca a Trujillo. Una vez más estuvo en presente en mí el pensamiento, “La vida no se mide por las veces que respiramos, sino por visitar los lugares que nos quitan la respiración”. Cachil es uno de ellos. El presente artículo no estaría completo si no consigno el hecho que, siendo Cachil una propiedad privada, sus visitas son muy restringidas; salvo que se coordine con la empresa operadora del bosque o los propietarios para facilitar el acceso. Considero que gracias a esta situación Esta maravilla de la naturaleza se ha podido conservar y recomiendo que se mantenga esta sana restricción.

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Última actualización el Lunes 31 de Enero de 2011 14:50 |
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