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Hace muchos años nos encontramos junto con mi esposa con un excelente libro de orientacion sobre la crianza de los hijos, se llama "El corazon de una madre", y recorde dicho libro y su mensaje cuando lei el articulo expuesto por nuestra amiga Alicia Jaime Reyes, sobre lo que ocurria con esa madre y ese hijo en ese instante que se separan para enfrentar la vida desde un jardin de infantes.
Este es un poema contenido como un tesoro dentro de este libro, y lo publico para honrar a todas las madres peruanas que con abnegacion y sacrificio siguen formando hombres y mujeres de bien para construir nuestra patria.
Los hijos no esperan
Hay un tiempo para anticipar la llegada del bebe, un tiempo para consultar al médico;
Hay un tiempo para hacer dieta y ejercicios, y un tiempo para preparar el ajuar.
Hay un tiempo de maravillarse en los caminos de Dios, sabiendo que es el destino para el cual fui preparada.
Un tiempo para soñar lo que será este niño cuando crezca.
Un tiempo para pedirle a Dios que me enseñe a criar al hijo que llevo en mis entrañas.
Un tiempo para preparar mi alma para alimentar la suya. Pues muy pronto llega el dia que nacerá,
Porque los hijos no esperan.
Hay un tiempo para alimentarlo durante la noche, para cólicos y biberones.
Hay un tiempo para mecerlo y un tiempo para pasearlo por la habitación.
Un tiempo para ejercer la paciencia y la abnegación.
Un tiempo para mostrarle que su nuevo mundo es un mundo de amor, de bondad y de dependencia.
Hay un tiempo para maravillarme de lo que él es, ni mascota ni juguete, sino una persona, un individuo, un ser creado a imagen de Dios.
Hay un tiempo para reflexionar acerca de mi mayordomía. Para saber que no puedo poseerlo.
Que no es mio; que he sido elegida para cuidar de él, para amarlo, disfrutar de el, edificarlo y responder ante Dios por él. He resuelto hacer lo máximo a mi alcance.
Porque los hijos no esperan.
Hay un tiempo para tenerlo entre mis brazos y contarle la historia mas hermosa que jamás haya oído.
Un tiempo para mostrarle a Dios en la tierra, en el cielo y en la flor, y enseñarle a maravillarse y sentir asombro.
Hay un tiempo para dejar a un lado los platos sucios y llevarlo al parque a columpiarse.
De correr con el una carrera, hacerle un dibujo, atrapar una mariposa y darle compañerismo lleno de alegría.
Hay un tiempo para enseñarle el camino y enseñarle a orar con sus labios de niño.
Enseñarle a amar la palabra de Dios y el día de Dios.
Porque los hijos no esperan.
Hay un tiempo para cantar en vez de renegar, sonreír en vez de fruncir el seño.
De secar lagrimas y reírse de los platos rotos.
Un tiempo para compartir con él mis mejores actitudes, mi amor por la vida, mi amor por Dios, mi amor por los míos.
Hay un tiempo para contestar a sus preguntas. Porque quizá vendrá el momento en que no querrá escuchar mis respuestas.
Hay un tiempo para enseñarle muy pacientemente a obedecer, a poner en su lugar los juguetes.
Hay un tiempo para mostrarle lo hermoso del deber cumplido, de adquirir el hábito de leer la Biblia, de gozarse en la comunión y adoración en medio de los suyos. De conocer la paz que viene por la oración.
Porque los hijos no esperan.
Hay un tiempo para verlo partir valientemente a la escuela, y extrañar su manera de estar siempre alrededor mío.
De saber que hay otros que atraen su interés, pero de saber que estaré allí para responder a su llamado cuando vuelva de la escuela.
De escuchar con interés sus descripciones de lo acontecido ese día.
Hay un tiempo para enseñarle a ser independiente, a tener responsabilidad, autodisciplina.
De ser firme pero afectuoso, de saber disciplinarlo con amor. Porque pronto llegara el momento de dejarlo partir y de soltar los lazos que lo sujetan a mi falda.
Porque los hijos no esperan.
Hay un tiempo para atesorar cada instante fugaz de su niñez. Solo dieciocho preciosos años para inspirarlo y prepararlo.
No voy a cambiar este derecho natural por ese “plato de lentejas” llamado posición social, o reputación profesional, o por un cheque de sueldo.
Una hora de dedicación hoy podrá salvar años de dolor mañana.
La casa puede esperar, los platos pueden esperar, la plaza nueva puede esperar.
Pero los hijos no esperan.
Llegara el momento en que ya no abra más puertas que golpean, ni juguetes en la escalera, ni peleas entre ellos, ni marcas en las paredes. Entonces podre mirar atrás con gozo y no con pesar.
Será el tiempo de concentrarme en un servicio fuera de mi hogar. De visitar a los enfermos, a los que han perdido sus seres queridos, a los desanimados, a los que no tienen instrucción.
Para entonces dar mi servicio a “los mas pequeñitos”. Abra un tiempo para mirar atrás y saber que estos años de ser madre no se desperdiciaron.
Pido a Dios en que llegue el momento en que pueda ver a mi hijo hecho un hombre integro y recto, amando a Dios y sirviendo a los demás.
Dios mio, dame la sabiduría para saber que hoy es el día de mis hijos. No existen los momentos de poca importancia en sus vidas.
Que sepa comprender que no hay carrera mejor, ni trabajo más remunerador, ni tarea más urgente. Que yo no postergue ni descuide esta labor, que pueda aceptarla con gozo y con la ayuda del Espíritu, y por tu gracia me dé cuenta que el tiempo es breve y que el tiempo es hoy.
Porque los hijos no esperan.
Helen M. Young
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