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LA TRISTE HISTORIA DE UN TRISTON
(Homenaje a todos los perros vagabundos)AUTOR: VICTOR HUGO VISCARRA
Tristón tuvo la mala suerte de haber sido engendrado en el vientre de una famélica perra callejera, enfermiza y llena de pulgas, que lo parió justo en el lugar en el que tienen que nacer todos los perros vagabundos: el basural de la esquina.
La perra, que era una especie de cigüeña canina, era tan miserable que no podía darle a Tristón las cuatro raciones de leche que todo perrito recién nacido tiene que mamar cada día. Es por eso que desde su tierna infancia conoció el hambre y experimentó lo terrible que era dormir por las noches acurrucado en un portal viejo, un basural, o en la cochina calle.
Nunca conoció a su perro padre. Lo único que suponía era que el perro que gastó uno de sus espermatozoides para fecundarlo en el vientre de su perra madre, debió de ser uno de los "sin cuenta" perros que se quedaron prendidos a su trasero cuando ella estaba en celo.
Tristón vino al basural, mejor escrito al mundo, acompañado de otros seis hermanitos, pero, los pobrecitos se murieron antes de nacer, porque tuvieron miedo de enfrentarse al mundo hostil en el que tenían que vivr. Es por eso que Tristón fue el único sobreviviente de las consecuencias lógicas de los traspiés amorosos de su mamá, quien, cuando estaba en celo no recibió a cambio de sus servicios ni un mísero hueso descarnado. Por el contrario fue perseguida, aporreada, mordida y brutalmente violada por los "sin cuenta" perros desgraciados que se la desfilaron du¬rante una semana.
Cuando Tristón tenía dos meses de edad, una tarde; fue adoptado en la calle por una mocosa de la jailaf, quién, se lo llevó a su casa para tenerlo como mascota. Allí lo soportaron tan solo por cinco días, porque la mamá de la mocosa (que también era de la jailaf), se quejaba cada tres minutos de que Tristón era un cochino, que se orinaba en cualquier parte y que era el perro más pulguiento que había conocido en su vida. Pero la verdad era que el pobrecito, que había dormido todas las noches de su vida en la fría calle, tenía la vejiga y los riñones resfriados.
Tristón fue agarrado de su cogote y levantado en vilo por el mayordomo de la casa (que era un hombre que pretendía "algún" día pertenecer a la jailaf) y llevado hasta un basural alejado del centro de la ciudad donde lo botó como a un vulgar perro Y se fue. Esa noche, el pobre animalito, tuvo que dormir acurrucado entremedio de cartones podridos mientras la lluvia que caía sobre la ciudad le calaba hasta lo más profundo de los huesos.
Al día siguiente, una imillita con espíritu de comerciante, y presumiblemente descendiente del Mercader de Venecia, tuvo la feliz idea -según ella¬ de sacar algo de provecho del cachorrillo desvalido que encontró en el basural; y, ni corta ni perezosa, lo llevó hasta el mercado más cercano, donde lo vendió a una malhumorada chola de barrio marginal, en el mismo precio que cobró Judas Iscariote por vender el Cristo, es decir, en treinta monedas, suma que cayó de perillas en las hambrientas alforjas de la pollera de la imilla.
Un trauma canino-psicológico se abatió sobre Tristón, porque en menos de veinticuatro horas habia pasado a depender de una familia proletaria, mientras que el día anterior estaba viviendo en el seno de una familia burguesa-empresarial.
En su nueva casa, Tristón tuvo que experimentar en carne propia lo terrible que era vivir encadenada junto a una pequeña k'ucha (caseta pequeña para perros) infecta y llena de mugre, cerca a la puerta de entrada a la morada de sus nuevos amos, cuidando que ningún amigo de lo ajeno traspase el umbral con tenciones de "nacionalizar" las escasas prendas de valor que ellos guardaban. Además tenía que conformarse con el insípido plato de harina amarilla cocida que le daban una vez al día, extrañando aquellos jugosos huesitos, un poco sucios y malolientes, que de noche en noche encontraba al escarbar entre el cumulo de desperdicios de aquel basural que semanas antes lo viera nacer.
Tristón creció como crecen los perros sometidos a ración de hambre: flaco y desgarbado. Y a pesar de haber llevado durante mucho tiempo alrededor de su cuello una correa de cuero, que sus amos se empecinaban en llamar collar, nunca perdió las esperanzas de algún día volver a corretear libremente por las calles.
Un domingo por la tarde los amos del perro salieron de casa para asistir a un prestario, dejando a Tristón al cuidado de la casa; pero, como decían que éste era un animal mañoso y traicionero, ya que nunca había correspondido con afecto a las caricias palocientas (a plan de palo) que le daban, lo dejaron fuertemente amarrado al poste más cercano a la entrada.
El “Mafias” y el "Zacarías Todo", conocidos raterillos de segunda categoría, que estaban pendientes de los movimientos de los propietarios, al ver que éstos salían de jarana, se acercaron cautelosamente hasta la casa para inspeccionarla de cerca. Cuando llegaron, el perro se irguió sobre sus cuatro patas y los miró de frente, mas no gruñó ni hizo movimiento agresivo alguno, porque reconoció en ellos a los dos amigos que, de cuando en cuando, al pasar por allí le arrojaban un poco de comida. Fue por esa que les movió la cola en franca demostración de amistad canina.
Los dos raterillos saltaron la pared y se introdujeron en la casa. Se acercaron al perro, Y el "Mafias", compadecido por el estado lamentable del perro -ya parecía un acérrimo participante de huelgas de hambre, le soltó el collar y la cadena devolviéndole la libertad, al tiempo que decía a su compañero de fechorías: "Si este perro fuera un ser humano, con gusto le regalaría unos pesos para que se vaya a comprar un buen plato de comida...".
Al verse libre Tristón no cabía en sí de gozo. Corría ce un lugar a otro sin rumbo fijo. Mil veces lamió agradecido las manos de sus libertadores. Les hacia piruetas Y malabarismos; Y casi se desmaya de emoción y alegría cuando el "Mafias" le abrió la puerta de calle, y con una genuflexión, le invitó a salir para que fuese en busca de sus sueños e ilusiones, libre como el viento.
Con disimulo, el "Mafias" secó con una de sus mangas una lágrima furtiva que intentó humedecer sus mejillas, y. después, se reunió con su compañero de fechorías para, conjuntamente, realizar en el interior de la casa de los ex-amos de Tristón una "nacionalización" mucho más efectiva y despiadada que las nacionalizaciones de las minas de Patiño, Hoschildt y Aramayo juntas.
Pasaron muchos meses y Tristón se convirtió en el perro más temido de la ciudad y sus alrededores. Las personas y los animales temblaban de solo verlo caminar por las calles acompañado de varios perros vagabundos que eran sus guardaespaldas. Donde antes había remedos de carne, ahora existían fortísimos músculos de acero. Sus colmillos habían demostrado que eran capaces de cortar de una dentellada el rabo del can que osaba enfrentársele y más de un guardián del orden había sentido en sus posaderas la presión de sus mandíbulas. En fin, Tristón se había transformado en la pesadilla viviente de toda la ciudad.
A pesar de que aún seguía viviendo en la calle, Tristón había encontrado infinidad de recovecos clandestinos y semiabrigados donde se retiraba a descansar cada vez que terminaba su jornada diaria de fechorías.
Era el galán más cotizado por innumerables damiselas caninas que iban desde las finas y elegantes collies, hasta las encogidas pequinesas, pasando por las estrafalarias ch 'apis, pastoras alemanas, proletarias th'ampullis y aburguesadas perritas de lanas.
Alguien contaba que Tristón había regado con pequeños tristoncitos varios hogares citadinos, provocando el malestar de los dueños de sus ocasionales pichochas, quienes se enfurecían al ver que esos cachorrillos arruinaban el "perrigree" de sus perras falderas. Y también causaba grandes decepciones caninas, porque los "novios legales" veían que las perras de sus sueños parían muchos críos que, más que ser perros de raza, se asemejaban a futuros canes vagabundos.
Las viejas beatas de la ciudad que sumaban más de mil- formaron una comisión ad hoc, de emergencia, para ir a solicitar al Alcalde la inmediata eliminación del perro ganster que perturbaba sus días de rezos Y sus noches de insomnio. Para tal efecto organizaron un té rummy de beneficencia donde reunieron sus buenos pesos y compraron valiosos regalos. Después, las viejas que conformaban la comisión se hicieron acompañar de Lolita (preciosa chiquilla de quince años de la que estaba perdidamente enamorado el sexagenario Alcalde) Y se fueron hasta la Comuna, donde lograron que el burgomaestre les empeñe su palabra de honor de eliminar al temible can.
Luego, cuando las viejas de la comisión salieron, dejaron al Alcalde "conversando" íntimamente con Lolita, que, aunque parezca insólito, ya era una experta programera profesional que ofrecía a sus acaudalados clientes, el denominado "servicio completo".
Al día siguiente, la totalidad de los gendarmes municipales salieron en busca de Tristón llevando entre sus manos bocados de carne envenenada con la ilusión de que el perro se los comiese; pero, como Tristón ya era matrero Y que además de ser corrido en siete plazas se las sabía todas, optó por retirarse a sus cuarteles de invierno para descansar mientras pasaba la tormenta.
Cierta noche Tristón se sintió romántico y, descuidando precauciones, se dirigió hasta el barrio residencial donde vivía la perrita de sus sueñes para contertuliar con ella. Una vez que llegó allí, de un salto formidable venció la muralla que protegía la propiedad y cuando estuvo dentro, emocionado se puso a ladrar llamando a su Dulcinea; más no salló ella sino el secretario del patrón, armado de un arcabuz made in Barrio Chino y, al ver la silueta de Triston lo confundió con un vulgar raterillo por lo que le empezó a disparar a quemarropa.
Como Tristón no estaba hecho en el mismo molde ¬de Kaliman o el Hombre Nuclear, fue herido en el pecho y en las dos patas traseras.
Haciendo un esfuerzo sobrecanino (casi escribo sobrehumano) que le consumió todas sus fuerzas logro salir de la casa y emprender la retirada, mas que corriendo, arrastrándose por calles y avenidas. Avanzó más aún la noche, Tristón estaba afiebrado y desangrándose por completo. Se había refugiado bajo un banco de madera, en un parquecillo olvidado de la mano de la Alcaldía y su mente era un maremágnum de recuerdos y sinsabores. Afluían a su cerebro los recuerdos de antaño y le atormentaban los dolores de aquellas incontables palizas que recibiera cuando vivía en el barrio marginal, del hijo de la chola, quien armado de un palo de escoba, se ensañaba con Triston ¬tratando de medir su grado de resistencia al dolor. Evocaba los frecuentes malestares estomacales que sufría cada vez que comía huesos sucios y podridos y aun le parecía sentir cómo durante las frías noches del verano paceño, la lluvia solía mojarle hasta lo mas profundo de su cuero.
Y no tenía fuerzas para restañarse sus heridas con la lengua, y por sus ojos empezaron a brotar lacerantes lágrimas, mezcla de dolor e impotencia por la miserable vida de perro que había llevado hasta entonces.
Tristón tenía sed. La garganta le quemaba ferozmente y el dolor de tas heridas le resultaba insoportable. Agobiado por mil pensamientos inenarrables, logró atrapar en el aire un poquito de sueño y apoyando su cabeza entre sus patas delanteras se quedó profundamente dormido. Amanecía sobre la ciudad cuando Tristón escuchó unos pasos que se le acercaban y despertó sobresaltado; pero, al oír la voz amistosa del "Mafias", movió una sola vez la cola -no tenía fuerzas para más- y dejó que éste se le acerque Y cariñosamente le rasque la cabeza.
Los madrugadores que salían de" sus casas y los noctámbulos que se dirigían hacia ellas, vieron esa mañana a un hombre que caminaba presuroso por las calles llevando entre sus brazos a un perro herido (o quizás muerto), que parecía dormir plácidamente; más lo que no notaron fue el bulto que el hombre llevaba atado a la espalda, del cual sobresalía la antena de un televisor a colores.
Mientras tanto, los gendarmes municipales seguían buscando afanosamente al terrible perro que hizo temblar de miedo a esas viejas encopetadas y emputantes, que tienen por hobby molestar a los curas de sus parroquias con aburridísimas confesiones, además de la mala costumbre de jugar rummy canasta todas las tardes.
Tristón recuperó poco a poco la salud y con el transcurrir del tiempo volvió a ser el mismo perro acerado de antes.
Algunos meses después, la ciudad nuevamente fue afectada por una psicosis de miedo Y de terror. Innumerables domicilios fueron asaltados por un trío infernal integrado por dos connotados delincuentes y un perro.
Nada ni nadie estaba a salvo. Las mujeres y las perras eran violadas sin contemplaciones. Ante esta situación los gendarmes municipales se pusieron a buen recaudo, quedando encargados de la captura del trío efectivos fuertemente armados de la policía.
El general Primitivo Metebala, a la sazón Presidente de la República, ofreció públicamente centenares de miles de morlacos por la captura o muerte del trio, mientras que las viejas beatas -y las que no lo eran- ¬ofrecían en matrimonio a sus hijas vírgenes (según las viejas) al o los héroes que lograran exterminar a los causantes de sus noches de insomnio.
Pero nadie salió a enfrentarse con los tres amigos entrañables; y la policía, cansada de buscarlos por, las cantinas, prostíbulos, bares, cines y presterios, se dedicó a reprimir manifestaciones de obreros que pedían aumentos salariales en calles y avenidas. Y hasta el general Primitivo Metebala, a la sazón Presidente de la República, tuvo que desistir de la recompensa que ofreció, porque el Director del Tesoro de la Nación le comunicó que las arcas estatales estaban aullando por la escasez de metálico contante y sonante.
Las viejas beatas -y las que no lo eran- tuvieron que elevar entonces sus súplicas y plegarias a San ¬Román y a San Judo; pero como este tipo de santos no han sido canonizados todavía, sus oraciones se perdían ¬entre los meteoritos y asteroides. Mientras tanto sus hijas vírgenes -vírgenes según las viejas- ante la inexistencia de un héroe similar a Alain Delon, Charless Bronson o Jean Paul Belmondo, cada noche compraban desesperadamente cantidad enorme de velas y cirios de grueso calibre para calmar sus ansias.
Siguieron pasando los meses y una noche, en un prostíbulo de "Villa Cariño", el "Zacarías Todo" perdió la vida y todo el dinero que llevaba mientras jugaba a la ruleta rusa. Al mes siguiente, el "Mafias" cayó desde el piso setenta y nueve del edificio del Banco de Sangre, mientras trataba de escapar con un maletín lleno de coca-dólares y billetes de corte mayor. Al llegar al suelo ya estaba muerto, porque su corazón había dejado de latir víctima de un ataque cardíaco al pasar por el piso trece, y conste que el "Mafias" no era supersticioso, puesto que él aseguraba que eso siempre traía mala suerte.
¿Y Tristón? ¿Qué pasaba con ese pobre animalito del Señor?
Bueno, él se había quedado nuevamente solo, y como se sentía un poco viejo Y aburrido, se dedicó a vagar por los barrios periféricos de la ciudad recordando sus buenos tiempos, cuando hacía temblar a todos los animales (racionales e irracionales). Y aunque aun infundía temor y respeto en aquellos que se cruzaban en su camino, nadie levantaba la mano para agredirlo, ni el auricular del teléfono para denunciarlo, porque la plebe siempre ha sabido valorar el coraje de aquellos, sean humanos o animales, que tuvieron el valor de enfrentarse decididamente contra el injusto sistema social en el que tuvieron el k'encherío de nacer.
Los moralistas de siempre, viejos corruptos y degenerados, se escandalizaron cierto día al ver el espectáculo que ofrecían en plena calle una perra en celo y un quiltro greñudo unidos fuertemente en sus partes "pornos", rodeados de infinidad de perros que hacían cola para descargar en la perra los chorros pestilentes de sus pasiones contenidas; y como este espectáculo no era apto para menores de veinte ocho años, apedrearon furiosamente a la ramera canina y a sus pretendientes hasta ponerlos en fuga.
Este hecho fue comidilla por varios días para las chismosas de siempre, quienes contaban" escandalizadas" los pormenores del coito canino, mientras que con mal simulado pudor se frotaban las nalgas, como si estuviesen celosas de la suerte de la perra.
Siguieron pasando los meses y un día domingo por la tarde, Tristón tuvo la mala idea de ir a pasear después de mucho tiempo, por los barrios residenciales.de la ciudad, a manera de desanquilosar las oxidadas coyunturas de sus huesos; y, figúrense, cuál sería el sentimiento de frustración que experimentó al ver la Dulcinea de sus sueños, la veleidosa y coqueta perrita de lanas, por la cual casi pierde la vida, acompañada de un formidable bulldog, paseando como dos enamorados.
El bulldog no representaba ningún problema para Tristón, porque él se había peleado hasta con tres de ellos poniéndolos siempre en fuga. Pero el dolor que sintió en su corazón fue tan intenso, que se quedo inmóvil en medio de la calle, y por eso no escuchó la bocina de un auto deportivo que se acercaba a gran velocidad y que tras embestir el cuerpo del perro, lo elevó por los aires, estrellándolo treinta metros más allá.
La perra lo miró con desdén, y siguió paseando con su galán como si no hubiese pasado nada, dejando el cadáver del pobre Tristón tirado en la calle, en medio de un charco de sangre, atropellado como un vulgar perro.
Policarpio Tancara, humilde campesino oriundo de la población de Chamaco Mock'o y que trabajaba en esa época como pichiri (barrendero) de la Alcaldía, lanzó al aire tres carajazos esa madrugada cuando tuvo que recoger el cadáver ensangrentado de Tristón para conducirlo en su desvencijada carretilla hasta el basural de la esquina. Mientras mascullaba maldiciones en aymará, procedió a realizar esa macabra labor, mientras que en esos momentos, en medio del basural, una perra callejera estaba pariendo nueve cachorrillos y en una casa de vecindad, una imillita con espíritu de comerciante, y en esos días escasa de dinero, reunía toda la basura de su casa para ir a arrojarla al único lugar destinado a ese efecto: el basural de la esquina.
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