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Partiendo de Trujillo, en un viaje de dieciséis horas, cruzamos las cordilleras occidental y central de los Andes; primero por el paso del Abra Porculla (Piura) y luego por Pomacochas (Amazonas); ingresando a la amazonía por el Abra de Pardo Miguel (San Martín), al amanecer. Un especial sentimiento me sobrecogió a las doce y cuarenticinco de la noche cuando pasamos por el puente de Corral Quemado sobre el río Marañón y la hoy famosa “Curva de la muerte”, escenario de los hechos luctuosos pasados donde murieron innecesariamente hermanos indígenas y policías.
Ya en Moyobamba nos aprestamos a cumplir con nuestro cometido, internarnos en la selva de Tingana, un área natural protegida y de conservación municipal. Para ello nos dirigimos hasta la zona conocida como la boca del Huascayacu, nombre del río que entrega sus aguas al río Mayo. Surcamos este caudaloso río en embarcaciones conocidas como “peque peque” durante dos horas, luego ingresamos a uno de sus afluentes, el río Avisado; llegando al paraje conocido como Puerto Punga.
Este pequeño poblado es la puerta de ingreso a la selva de Tingana. Sus escasos pobladores han formado la asociación “Desarrollo ecoturístico y de conservación del Aguajal Renacal” (ADECAR), conformada por siete familias y creada con el objetivo de preservar los recursos naturales de esta área, desarrollando el ecoturismo como una actividad que promueve la conservación y la participación activa de la comunidad local. Esta enmarañada selva, llamada también “el bosque anfibio”, está ubicada sobre los 840 metros sobre el nivel del mar, con un área de 3, 479. 73 Has de bosque natural temporalmente inundable por el río Avisado y se caracteriza por poseer abundante y predominante población de árboles de aguaje (Mauritia Flexuosa) y renacos (Ficus Sp) abundando dos especies: el huasca renaco y el chullachaqui renaco. A los renacos los llaman también los “ár boles que caminan”, porque a medida que crecen dejan caer raíces, de las que nacen nuevas extensiones que van cubriendo una orilla y otra, como si caminaran. De los aguajales, típicas y enormes palmeras, los pobladores obtienen el aguaje, un fruto muy apreciado por propios y extraños .“Este es un ecosistema único en el mundo” nos refirió Norith López, celosa gestora de este proyecto ecoturístico. En canoas a remo, guiados por mi amigo Juan Isuiza y en absoluto silencio ingresamos a este refugio de animales silvestres, en su mayoría monos y aves, que es además el hábitat natural de especies en peligro de extinción y en situación vulnerable. Pudimos apreciar una gran variedad de especies vegetales como helechos, heliconias, orquídeas y bromelias. Entre la fauna, destacan la nutria o lobo de río, monos (fraile, pichico y mono negro), el pelejo o perezoso, el achuni, el oso hormiguero y otros. Entre las aves encontramos tarahuis, flauterillos, tucánes, martín pescador y garzas. Pero lo que más me impresionó fue la mítica ave llamada “ayaymama” que ha dado origen a una leyenda muy conocida en la selva peruana; en cuanto a los peces existe el shirui, tilapia, mojarra, atinga, carachama, entre otros.  Luego del recorrido de varias horas selva adentro en las canoas, pasamos a ser guiados por el buen Fernando, gran conocedor de la zona, quien nos condujo por la selva virgen, asesorándonos en la forma de caminar en el fango que llegaba hasta nuestras pantorrillas, ayudándonos a sortear los troncos de los árboles caídos, alertándonos de los insectos ponsoñozos y de la posible presencia de oficios venenosos, entre ellos el jergón y demás bichos que habitan en la selva en total libertad. Su machete fue el principal instrumento para abrir el sendero por donde entusiasmados y a veces miedosos, transitábamos. Es indescriptible la sensación de peligrosa soledad que se siente caminar entre la maleza del sotobosque y sobre un colchón de hojas y ramas que nos impide ver el suelo. Sentíamos la sensación de que en cualquier momento algún animal podría cruzarse en nuestro camino o algún insecto hacer de las suyas en nuestros cuerpos muy poco acostumbrados a esa realidad. La humedad y la acidez del suelo impide a los árboles tener raíces profundas, salvo los renacos y aguajes, por lo que, al caer, por su volumen y tamaño originan la caída de otros como un castillo de naipes. Ello dificultaba nuestra caminata, que unida a la humedad y fango se tornó en fatigosa pero extremadamente interesante. Tampoco desaprovechamos la oportunidad de columpiarnos de las lianas, cual Tarzanes modernos, pero de ninguna manera monos Chitas. Al final de la jornada nos esperaba una gran sorpresa gastronómica. Reponer las fuerzas perdidas saboreando un nutritivo avispajuane, primo hermano del conocido juane, acompañado de unos frejolitos negros y el clásico “maduro” (plátano sancochado), asentado con un fresco refresco de higo con piña. Al atardecer, mientras navega por el generoso río Mayo daba gracias a Dios, por haberme permitido cumplir con mi sueño de llegar a la selva virgen.

EN LA SELVA VIRGEN DE TINGANA
Uno de mis sueños de viajero ha sido estar alguna vez en una selva virgen, alguna a la que el hombre aún “no la haya pisado”. Esa oportunidad se me presentó hace pocos días.
Con un grupo de entusiastas alumnos viajé a la selva del Alto Mayo en la amazónica región de San Martín donde la temporada de verano ha originado que los ríos bajen su caudal permitiendo caminar por terrenos que en otras épocas sería imposible. Esos son terrenos “vírgenes”.
Partiendo de Trujillo, en un viaje de dieciséis horas, cruzamos las cordilleras occidental y central de los Andes; primero por el paso del Abra Porculla (Piura) y luego por Pomacochas (Amazonas); ingresando a la amazonía por el Abra de Pardo Miguel (San Martín), al amanecer. Un especial sentimiento me sobrecogió a las doce y cuarenticinco de la noche cuando pasamos por el puente de Corral Quemado sobre el río Marañón y la hoy famosa “Curva de la muerte”, escenario de los hechos luctuosos pasados donde murieron innecesariamente hermanos indígenas y policías.
Ya en Moyobamba nos aprestamos a cumplir con nuestro cometido, internarnos en la selva de Tingana, un área natural protegida y de conservación municipal. Para ello nos dirigimos hasta la zona conocida como la boca del Huascayacu, nombre del río que entrega sus aguas al río Mayo. Surcamos este caudaloso río en embarcaciones conocidas como “peque peque” durante dos horas, luego ingresamos a uno de sus afluentes, el río Avisado; llegando al paraje conocido como Puerto Punga.
Este pequeño poblado es la puerta de ingreso a la selva de Tingana. Sus escasos pobladores han formado la asociación “Desarrollo ecoturístico y de conservación del Aguajal Renacal” (ADECAR), conformada por siete familias y creada con el objetivo de preservar los recursos naturales de esta área, desarrollando el ecoturismo como una actividad que promueve la conservación y la participación activa de la comunidad local. Esta enmarañada selva, llamada también “el bosque anfibio”, está ubicada sobre los 840 metros sobre el nivel del mar, con un área de 3, 479. 73 Has de bosque natural temporalmente inundable por el río Avisado y se caracteriza por poseer abundante y predominante población de árboles de aguaje (Mauritia Flexuosa) y renacos (Ficus Sp) abundando dos especies: el huasca renaco y el chullachaqui renaco. A los renacos los llaman también los “ár boles que caminan”, porque a medida que crecen dejan caer raíces, de las que nacen nuevas extensiones que van cubriendo una orilla y otra, como si caminaran. De los aguajales, típicas y enormes palmeras, los pobladores obtienen el aguaje, un fruto muy apreciado por propios y extraños .“Este es un ecosistema único en el mundo” nos refirió Norith López, celosa gestora de este proyecto ecoturístico. En canoas a remo, guiados por mi amigo Juan Isuiza y en absoluto silencio ingresamos a este refugio de animales silvestres, en su mayoría monos y aves, que es además el hábitat natural de especies en peligro de extinción y en situación vulnerable. Pudimos apreciar una gran variedad de especies vegetales como helechos, heliconias, orquídeas y bromelias. Entre la fauna, destacan la nutria o lobo de río, monos (fraile, pichico y mono negro), el pelejo o perezoso, el achuni, el oso hormiguero y otros. Entre las aves encontramos tarahuis, flauterillos, tucánes, martín pescador y garzas. Pero lo que más me impresionó fue la mítica ave llamada “ayaymama” que ha dado origen a una leyenda muy conocida en la selva peruana; en cuanto a los peces existe el shirui, tilapia, mojarra, atinga, carachama, entre otros.  Luego del recorrido de varias horas selva adentro en las canoas, pasamos a ser guiados por el buen Fernando, gran conocedor de la zona, quien nos condujo por la selva virgen, asesorándonos en la forma de caminar en el fango que llegaba hasta nuestras pantorrillas, ayudándonos a sortear los troncos de los árboles caídos, alertándonos de los insectos ponsoñozos y de la posible presencia de oficios venenosos, entre ellos el jergón y demás bichos que habitan en la selva en total libertad. Su machete fue el principal instrumento para abrir el sendero por donde entusiasmados y a veces miedosos, transitábamos. Es indescriptible la sensación de peligrosa soledad que se siente caminar entre la maleza del sotobosque y sobre un colchón de hojas y ramas que nos impide ver el suelo. Sentíamos la sensación de que en cualquier momento algún animal podría cruzarse en nuestro camino o algún insecto hacer de las suyas en nuestros cuerpos muy poco acostumbrados a esa realidad. La humedad y la acidez del suelo impide a los árboles tener raíces profundas, salvo los renacos y aguajes, por lo que, al caer, por su volumen y tamaño originan la caída de otros como un castillo de naipes. Ello dificultaba nuestra caminata, que unida a la humedad y fango se tornó en fatigosa pero extremadamente interesante. Tampoco desaprovechamos la oportunidad de columpiarnos de las lianas, cual Tarzanes modernos, pero de ninguna manera monos Chitas. Al final de la jornada nos esperaba una gran sorpresa gastronómica. Reponer las fuerzas perdidas saboreando un nutritivo avispajuane, primo hermano del conocido juane, acompañado de unos frejolitos negros y el clásico “maduro” (plátano sancochado), asentado con un fresco refresco de higo con piña. Al atardecer, mientras navega por el generoso río Mayo daba gracias a Dios, por haberme permitido cumplir con mi sueño de llegar a la selva virgen.

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Última actualización el Martes 28 de Septiembre de 2010 17:29 |
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